Nació el 3 de mayo de 1806 en Lima, fue un militar y político que se destacó en la tumultuosa historia del Perú durante el siglo XIX. A pesar de su corta vida, murió a la edad de 29 años, Salaverry es recordado como uno de los presidentes más jóvenes del país y un personaje fundamental en las luchas políticas y militares de la época.
Desde joven mostró inclinaciones hacia la vida militar, lo que lo condujo a lograr un ascenso rápido en las jerarquías castrenses. En 1834, con apenas 28 años, fue premiado con el ascenso a General de Brigada por el presidente Luis José de Orbegoso, quien buscaba consolidar su gobierno en un período lleno de inestabilidad política y desafíos internos.
La colaboración cercana entre Salaverry y Orbegoso le otorgó a este último un privilegio significativo, que a menudo se convirtió en una espada de doble filo. Aunque juntos trabajaron para asegurar la estabilidad del régimen, la creciente influencia de Salaverry generó desconfianza entre varios sectores de la sociedad. La debilidad de Orbegoso en la toma de decisiones y su placidez ante el ascendente poder de Salaverry se convirtieron en el caldo de cultivo para la inevitable ruptura entre ambos.
Con el respaldo de una fuerza militar leal, Salaverry se rebeló contra la autoridad del gobierno de Orbegoso en 1835. En enero de ese año, la guarnición de la Fortaleza del Real Felipe, compuesta por soldados impagos, se sublevó y fue efectivamente reprimida por Salaverry, quien pronto utilizó esta victoria para autoproclamarse Jefe Supremo de la República, argumentando que el país estaba sin liderazgo y traicionó a de Orbegoso.
Este hecho marcó el inicio de su breve pero intenso gobierno, que se caracterizó por la consolidación del poder en sus manos. Enfrentó la desconfianza de las regiones sureñas, que continuaban leales a Orbegoso. A medida que Salaverry aumentaba su control, sus acciones comenzaron a ser vistas como autoritarias, particularmente por aquellos que temían un potencial deslizamiento hacia un régimen dictatorial.
Bajo el gobierno de Salaverry, varias reformas administrativas fueron implementadas, reflejando un intento de estabilizar el país y fomentar el desarrollo económico. Estableció un Consejo de Estado integrado por personalidades diversas, restableció la Dirección General de Aduanas y promovió un clima favorable para el comercio y la industria mediante la eliminación de impuestos restrictivos.
A pesar de algunos logros en su administración, el carácter autoritario y la falta de sensibilidad hacia las exigencias populares comenzaron a generar descontento entre diversos sectores de la población. Las críticas aumentaron, y muchos percibieron su gobierno como una continuación de los excesos del régimen de Gamarra.
El panorama político se complicó aún más cuando, en 1835, Bolivia, bajo la dirección de Andrés de Santa Cruz, comenzó a concebir planes de unificación con el Perú, un proceso que despertó temores en el gobierno de Salaverry. Para enfrentar esta amenaza, se alió con Gamarra, quien había sido derrotado por las fuerzas bolivianas, y juntos buscaron consolidar un frente común ante la invasión.
Salaverry tomó medidas audaces. Emitió un decreto de «Guerra a Muerte», convocando a todos los peruanos a combatir a los invasores bolivianos. Esta declaración no solo ilustró su determinación por preservar la soberanía peruana, sino que también demostró su habilidad para movilizar apoyo popular en un momento crítico. Sin embargo, a pesar de varios éxitos iniciales, el ejército de Salaverry comenzó a enfrentar derrotas significativas debido a la superioridad numérica y organizativa de las fuerzas confederadas.
La batalla de Socabaya en febrero de 1836 resultó ser el punto de inflexión. Aunque Salaverry logró una victoria en el Puente de Uchumayo, su confianza fue prematura. En la siguiente confrontación, su ejército fue aniquilado, y él mismo fue capturado. Este cambio repentino en su fortuna revela los volátiles matices de la política y la guerra en el Perú de la época.
Después de ser capturado, Salaverry fue sometido a un proceso sumario que carecía de las garantías básicas de un juicio justo. El 18 de febrero de 1836, fue fusilado en la Plaza de Armas de Arequipa, un acto que no solo selló su destino, sino que también marcó el aumento de la Confederación Perú-Boliviana.
En 1830, fruto de su relación con doña María Vicenta Ramírez Duarte, dio a luz un hijo natural, el cual sería conocido como Carlos Augusto Salaverry. Doña María Vicenta era descendiente de una familia prominente, siendo hija de don Francisco Ramírez y Baldés y doña Narcisa Duarte y Ramírez, quienes eran dueños de vastas haciendas que se extendían entre los actuales territorios de Perú y Ecuador.
El 12 de julio de 1832, contrajo matrimonio en la Parroquia de San Pedro de Tacna (La Vicaría) con doña Juana Pérez Palza de Infantas. Esta unión fue significativa, ya que doña Juana era hija de Manuel Pérez y María Feliciana Palza e Infantas.
De esta segunda relación, Felipe Santiago Salaverry y doña Juana tuvieron un hijo, Felipe Alejandro Augusto Salaverry Pérez. Este último continuó el linaje familiar al casarse con Carmen Olavegoya, hermana del empresario Domingo Olavegoya Iriarte.